El Ballet de Santiago, compañía estable del Teatro Municipal de Chile, presentó El Lago de los Cisnes en el Teatro Mayor de Bogotá en una temporada de cuatro funciones, con la Filarmónica de Bogotá en el foso. La función del sábado 12 tuvo acento colombiano: participó el bailarín antioqueño Julián Arango.
Una obra que sigue siendo la prueba de fuego del repertorio
La partitura de Tchaikovsky, compuesta en 1877 para Moscú, fracasó en su estreno con la coreografía de Julius Reisinger. Fue la versión de Marius Petipa y Lev Ivanov, estrenada en 1895, la que convirtió a El Lago de los Cisnes en la cima del repertorio clásico y en el examen más exigente para una bailarina, que debe resolver dos personajes: la frágil Odette y su sosia, Odile. En los 131 años transcurridos desde el estreno, el príncipe Sigfrido también ha ganado intensidad dramática y técnica.
El montaje que exhibió la compañía chilena lleva la firma del húngaro Ivan Nagy y la australiana Marilyn Burr, con base en la coreografía original de Petipa e Ivanov.
Lo que dejó la función
El balance de la temporada dejó luces y sombras. La crítica destacó la disciplina, la uniformidad y la delicadeza del corps de ballet en los actos blancos, con una gran cuadratura en el pas de quatre de los pequeños cisnes. En el doble rol de Odette y Odile, la venezolana Laleska Seidel no completó los 32 fouettés que el público espera desde los tiempos de Pierina Legnani, aunque resolvió con solvencia el Adagio del acto II y mostró buen desempeño en el acto IV.
El colombiano Felipe Arango, único bailarín que participa en los cuatro actos, construyó un Sigfrido convincente, de menor a mayor, con momentos ágiles en el acto III. En el debe quedaron la escenografía —en los actos blancos se ve un mar en lugar del lago—, unas luces poco sugestivas y un vestuario con exceso de brillo en algunos actos, aunque de factura impecable en los cisnes. La dirección musical de Pedro-Pablo Prudencio al frente de la Filarmónica se movió en un registro desigual, con destellos del oboe principal, el concertino y la arpista.
El público reconoció el nivel de la compañía con aplausos generosos y un homenaje para Arango. La visita del Ballet de Santiago, que estuvo dirigido entre 2000 y 2003 por el colombiano Ricardo Bustamante, dejó además un recordatorio: en Colombia no existe una compañía estable de ballet clásico, y bailar a 2.600 metros sobre el nivel del mar no es tarea sencilla.