El celular se ha convertido en el acompañante no invitado de las citas y los encuentros presenciales en Colombia. Una investigación de la cadena de restaurantes Storia D'Amore, realizada entre 765 personas en Bogotá, Cali y Barranquilla, revela una profunda contradicción entre lo que los colombianos dicen hacer y lo que realmente hacen con sus dispositivos.
El dato más revelador es la brecha entre percepción y práctica: el 73 % de los encuestados aseguró que le resulta sencillo desconectarse de la tecnología durante un compromiso social, pero el 86 % reconoció que revisó su dispositivo al menos una vez en su última cita. Incluso dentro del grupo de quienes afirman que "casi nunca" revisan su teléfono en público, el 70 % admitió haberlo hecho en su interacción más reciente.
Una paradoja con rostro humano
El fenómeno, conocido en la psicología social como phubbing — ignorar al otro por prestar atención al teléfono —, ya no es una simple distracción: se ha convertido en un obstáculo directo para la comunicación presencial. El 60 % de los consultados manifestó haberse sentido ignorado por su acompañante debido al uso del celular. Para el 68 % de los colombianos, una buena conversación es el componente esencial de una cita, mientras que el 47 % busca desconexión para interactuar. Solo el 20 % prioriza un beso inolvidable.
Los adultos mayores, los más afectados
El análisis revela una brecha generacional significativa en la percepción de la desatención digital. Mientras que el 49 % de los jóvenes entre 18 y 24 años manifiesta haber sentido el impacto del phubbing, la cifra se eleva al 82 % entre los adultos mayores de 55 años. Este último grupo es, precisamente, el que menos consulta el celular en las citas — solo el 20 % se abstiene por completo de hacerlo —, lo que evidencia una asimetría: quienes ofrecen mayor atención en la mesa son quienes menos reciprocidad reciben.
Investigaciones de la Baylor University en Estados Unidos muestran que el 46,3 % de los encuestados reportó haber sufrido phubbing por parte de sus parejas, en comparación con el 60 % registrado en Colombia. La disparidad se atribuye a la alta dependencia de plataformas de mensajería integradas y a matices culturales en la socialización presencial.