La Bogotá de los años noventa tenía una frontera nocturna clara: por la llamada hora zanahoria, los bares y establecimientos debían cerrar a la 1:00 de la mañana. Pero la medida dejó abierta otra puerta: mientras la ciudad oficial se apagaba, otra comenzaba a encenderse en las montañas y las casonas del centro.
Fue en esos márgenes donde nacieron los after party: fiestas que surgieron ante las restricciones de horario y que se extendían hasta el amanecer, montadas por fuera del cierre obligatorio y aOften en rodeos de una misma movida.
Aquel circuito paralelo dejó una huella permanente: abrió la puerta a los inicios de la movida electrónica en la capital, una escena que creció a contrarreloj de la normatividad de la época.