Una conversación en un club de lectura de Tokio terminó convertida en una reflexión sobre los alcances y los límites de la inteligencia artificial. La señora Yumi contó que había utilizado ChatGPT para entender un cuento cubano que le resultaba difícil, una ayuda que le permitió acercarse a referencias culturales y disfrutar mejor la lectura.
La herramienta le explicó referencias a golosinas como los chiviricos y las marquesitas, presentes en el relato “Párvula memoria inconsolable”, de Ena Lucía Portela, publicado en la serie Benengeli del Instituto Cervantes.
La experiencia provocó un debate entre los integrantes del grupo. Algunos expresaron preocupación por el futuro de los libros impresos y por el uso de ejemplares para alimentar modelos de lenguaje. También se habló del caso de una novela cuya autoría humana fue cuestionada en Francia por la presunta utilización masiva de IA.
Una herramienta útil, pero falible
El uso de estas plataformas también ha encontrado espacio en el trabajo periodístico. Pueden revisar la ortografía, confirmar fechas, detectar repeticiones, señalar contradicciones y preparar transcripciones de entrevistas para que las personas citadas las revisen.
Pero sus errores obligan a mantener una actitud crítica. En una ocasión, una plataforma no reconoció correctamente la información sobre el Gobierno de Japón y describió de manera equivocada el cargo de su primera ministra. La respuesta demostraba que una herramienta capaz de redactar con fluidez no necesariamente comprende ni verifica lo que afirma.
El avance de los sistemas de lenguaje permite anticipar capacidades cada vez mayores de análisis y comprensión. Aun así, la tecnología no reemplaza la responsabilidad de quien publica una información.
La lección conserva una regla básica del periodismo: incluso cuando una fuente parece confiable, cada dato debe comprobarse. La inteligencia artificial puede ser un primer lector, un apoyo de edición o una ayuda para contextualizar textos, pero la última palabra debe seguir en manos de una persona.