Diversos hábitos cotidianos provocan una acumulación de radiación ultravioleta en la piel que la mayoría de personas no percibe. Hasta el 80 % de los rayos ultravioleta atraviesa la capa nubosa, por lo que caminar en días nublados no significa estar exento de exposición. Del mismo modo, en ciudades de mayor altitud la atmósfera filtra menos radiación.
La exposición no se limita a los espacios al aire libre. Los rayos UVA atraviesan los vidrios de ventanas y de vehículos, por lo que actividades como conducir durante periodos prolongados o trabajar al lado de una ventana implican contacto directo con la radiación. En cuanto a las pantallas de dispositivos electrónicos, la radiación de luz azul que emiten es significativamente menor comparada con la solar.
Otro error frecuente es asumir que el bronceado indica una piel saludable: el cambio de coloración es en realidad una respuesta defensiva del organismo frente al daño causado por la radiación. Asimismo, limitar el uso de protector solar a los días de playa o calor intenso ignora la presencia constante de radiación en actividades diarias.
En la aplicación del producto también se cometen fallas repetitivas: distribuir una cantidad insuficiente sobre la piel, omitir zonas como orejas, cuello, labios y manos, y no reaplicar con la frecuencia necesaria. Frente a una exposición intermitente a través de vidrios, la reaplicación recomendada es aproximadamente cada cuatro horas; en caso de actividad física, uso de piscina o estancia en la playa, debe hacerse cada dos horas o de forma inmediata tras nadar, sudar o secarse con toalla.
"La protección solar tiene que empezar a entenderse como parte del cuidado diario de la piel y no solamente como algo que usamos cuando vamos de vacaciones o sentimos que el sol está más fuerte", señaló Sandra Malca, directora de marketing de CeraVe.