El Testamento de san Francisco de Asís, dictado poco antes de su muerte, permite revisar la transformación espiritual del religioso y algunos aspectos de su pensamiento que suelen quedar relegados frente a la imagen popular del santo. El documento fue retomado con motivo del octavo centenario de su fallecimiento.
En el texto, Francisco divide su vida entre el periodo en que vivía «en el siglo» y la etapa posterior a su conversión. Identifica como un momento decisivo el encuentro con los leprosos, a quienes atendió pese al miedo y el rechazo que esa enfermedad provocaba en la sociedad medieval.
La conversión a través del encuentro con los leprosos
Los enfermos vivían apartados de los centros urbanos y dependían de instituciones religiosas y de la caridad. Francisco recuerda que fue el contacto con ellos lo que modificó su manera de entender la vida. El pasaje habla de los leprosos en plural, un matiz que cuestiona las versiones posteriores concentradas en el encuentro milagroso con un solo enfermo.
El Testamento también muestra a un Francisco preocupado por dejar clara su fidelidad a la Iglesia. El religioso afirma que recibió una fe especial en las iglesias y en los sacerdotes, incluso cuando estos fueran considerados pecadores, y sostiene que debían ser honrados por administrar los sacramentos.
Una devoción centrada en la eucaristía y la palabra
Para Francisco, la eucaristía era la manifestación tangible de Cristo entre los hombres. Por eso defendía que los objetos y lugares relacionados con el cuerpo de Jesús, la cruz y sus palabras fueran tratados con especial veneración.
Esa preocupación incluía recoger escritos que contuvieran el nombre de Jesús o palabras religiosas para colocarlos en lugares decorosos. El documento sitúa esta devoción en el centro de la espiritualidad franciscana, aunque no sea el aspecto que más suele asociarse hoy con la figura del santo.
El origen de la pobreza franciscana
Francisco también sostiene que, después de recibir hermanos, nadie le indicó cómo debía vivir y que el propio Dios le reveló seguir la forma del Evangelio. La afirmación resulta relevante porque la orden franciscana defendía una pobreza extrema, un modo de vida que hasta entonces se atribuía de manera especial a los apóstoles.
Sus primeros biógrafos ofrecieron versiones distintas sobre el momento y las circunstancias de esa revelación. El Testamento, sin embargo, ubica el inicio de esa comprensión cuando Francisco ya tenía compañeros, lo que presenta la pobreza evangélica como una experiencia vinculada también al nacimiento de la comunidad franciscana.