La primera parte de «La última partida de ajedrez» narra, en voz de una hija, cómo la relación con su padre se construyó para decir en el tablero lo que no se decía en la mesa. El texto forma parte de la serie de relatos «Cuentos de sábado en la tarde».
El relato abre con una frase que marca el tono: “Esa mañana, después de que mi padre me dio la noticia, empecé a hablarme sin adornos. Aunque cada palabra se sintiera como una puñalada en ambos pulmones”. La narradora encerró, lloró, buscó refugio en la frase de una escritora brasileña y escribió frente al espejo con el labial de su hermana Elizabeth: “Sí, mi fuerza está en la soledad, no tengo miedo ni de lluvias tempestuosas ni de vendavales desatados, pues yo también soy la.oscuridad de la noche”.
El tablero como lang de familia
Para el padre, carpintero convertido en ebanista y jefe de una familia de cinco hijos, las reglas estaban claras. A los hermanos les costaba conseguir información del patriarca; a la narradora le bastaba una partida en el estudio, bajo la guardia de la empleada que evitaba las interrupciones. La casa tenía su propio código: para lo tranquilo, café; para lo grave, ajedrez.
En el estudio se filtraron las verdades del clan: la confesión de que la contabilidad no era lo suyo y que quería estudiar diseño de modas, la infidelidad de un novio de cinco años y el secreto más grave, cuando el padre anunció en plena partida que tendrían que amputarle la pierna izquierda. Ella fue la primera en saberlo y la única que no derramó una lágrima ante él.
La voz narrativa explica ahí su elección en el tablero: le gustaba la reina, pero la reina recorre líneas; el caballo las salta, rompe el orden y cambia la jugada. Elegí ser caballo, concluye. La primera parte termina en el umbral de otra noticia: el padre la sienta a jugar —siempre jugaba con blancas— y por primera vez en cinco años la pone a elegir entre blancas y negras. Ahí la narradora confirma que el asunto, sea cual sea, tiene que ver con ella.