Jose Echeverri suma más de tres décadas en cargos directivos nacionales e internacionales y le puso ese bagaje por escrito. El caleño es autor de Liderazgo Imperfecto, publicado en 2023, y de su nuevo libro El Lado Oscuro del Liderazgo, que presentará a finales de octubre en CaliLee, la feria del libro de Cali que adoptó ese nombre este año.
Ambos títulos, salidos de Intermedio Editores, han escalado en las listas de los más leídos del país: el primero se convirtió en un long seller que sigue vendiéndose tres años después. Echeverri regresó a Cali hace un año, en busca de lo que llama su Ikigai, y hoy lidera el área de Recursos Humanos de Colombina, una compañía que describe con un propósito sencillo: “alegrar la vida de todo el mundo a través del sabor”.
Un oficio aprendido con jefes buenos y “muy particulares”
Antes de volver a su ciudad, Echeverri trabajó en multinacionales británicas, canadienses y estadounidenses. Vivió en México y Honduras, recorrió toda Latinoamérica por su trabajo y lideró equipos multiculturales en procesos de compra y venta de compañías, adquisiciones y reestructuraciones.
De todos los jefes que tuvo, el que más lo marcó fue uno que lo desafió con una idea que hoy repite como mantra: “si yo quería ser un buen líder, tenía que ser capaz de entrenar nuevos líderes. Dijo que si al final en mi carrera yo no tenía personas que estuvieran ocupando un cargo igual o superior al mío, no había aprendido absolutamente nada del liderazgo”.
Ese consejo “se me volvió una obsesión”, cuenta. Su tesis es que muchos líderes, por inseguridad, terminan cuidando su silla en lugar de invertir esa energía en desarrollar a su gente: “En la medida en que uno se quita la presión de ser indispensable, se concentra realmente en lo importante: que al negocio le vaya muy bien y a la gente le vaya muy bien”.
También le tocó sufrir jefes “muy particulares”. En una compañía europea, recuerda, el directivo castigaba con un gnomo inflable al empleado que se equivocaba: se lo colocaba en la puerta de la oficina para que todos lo supieran, y solo lo retiraba cuando otro compañero cometía un error y lo “relevaba de la vergüenza”.
“Al inicio era un choque tremendo, luego lo tomamos con humor, pero al final del día eso no debe pasar. Eso está mal”, reconoce Echeverri, quien advierte que hoy una escena así terminaría en demanda y escándalo en redes sociales. “Hoy hay presión para que los líderes entiendan que su rol es de mayor responsabilidad”.
Nueve arquetipos, del “Killer” al “Milly Vanilly”
El Lado Oscuro del Liderazgo nació de una conversación con Juan Felipe Monsalve, ingeniero y amigo suyo, con quien empezó a escribirlo hace cinco años. Ambos construyeron un plano cartesiano: en un eje, la seguridad en sí mismo del líder, desde la indecisión hasta la arrogancia; en el otro, su influencia sobre el equipo, desde la nulidad hasta el dictador o el “rockstar”. De esos cuadrantes salieron nueve arquetipos, inspirados en los arquetipos de Jung y validados con una investigación entre 600 líderes.
El “Killer” es el que consigue resultados a cualquier costo y deja “una estela de heridos, descabezados y damnificados”. Echeverri ubica ahí a Steve Jobs: “Era un genio en creatividad, innovación y consecución de resultados, pero esas habilidades en exceso se te vuelven una sombra”. El “rockstar”, en cambio, es abrumador pero útil para arrancar o expandir un negocio, porque sabe vender ideas. En el libro también aparecen el “Invisible”, el “Invasivo” —que vive encima de las personas— y el “Milly Vanilly”, bautizado por el dúo de los años 80 que cantaba en playback: el jefe que dice cosas muy lindas y tiene una coreografía fantástica, “pero en el fondo no resiste la más mínima pregunta de cuestionamiento”.
Las portadas cuentan la tesis de cada libro. La del primero es una taza de té japonesa reparada con hilos de oro y plata, la técnica del Kintsugi, que busca la belleza en la imperfección: “tal vez esas roturas son nuestra mayor fortaleza”, dice. La del segundo es un reloj de sol, que necesita la sombra para dar la hora: “Sin luz no hay sombra. El liderazgo no empieza por los otros, ni por la empresa; empieza por conocerse uno mismo”.
Cuando el sueño dorado se vuelve un puesto tóxico
Echeverri conoce el tema desde adentro. Le ofrecieron una vez el rol que describía como su sueño hecho realidad, dentro de la misma empresa, y fracasó: renunció al año y medio. El entorno lo describen los propios arquetipos del libro: un “Conde” al servicio del rey, un “Perro Echado” —el que se sabe todos los secretos y vive de alianzas y cobro de favores— y un “Killer” a su lado.
“Fue una catarsis cuando empecé a escribir este libro”, confiesa. Sobreestimó sus habilidades, subestimó con quién iba a trabajar y se apresuró. “A veces nos ciega el sueño dorado de creer que un trabajo es Disney. Si volviera atrás, diría que no”.
Sobre el mundo corporativo, el autor señala que el error más común es desear el glamour del cargo y el salario, y luego renegar del precio personal que se paga. Para decidir mejor propone tres pasos: conocerse a profundidad —sueños, miedos, Ikigai—; investigar de verdad lo que se está aceptando, porque “no todo trabajo que brilla es oro, lo que brilla puede ser uranio o plutonio”; y validar qué precio se está dispuesto a pagar. “La vida es de precios. Gratis en la vida no hay nada, ni un puño”.
En el libro también debatieron el lugar de las mujeres en los cargos altos. Decidieron mantener los arquetipos en masculino “para no correr el riesgo de estereotipar”, pero Echeverri es directo sobre el desbalance que persiste: “La mitad de mis jefes han sido mujeres y, por experiencia personal, los más emocionales son los hombres. Lo que pasa es que, si lo hace un hombre, se le llama carácter”.
Para el autor, parte del cambio está en recuperar las conversaciones dentro de los equipos, que se han perdido por lo digital y por la carrera de “hacer más con menos gente”: preguntar cómo está la persona, no solo si hizo la tarea. Las nuevas generaciones, dice, están ayudando a replantear valores que se perdieron en la carrera por el dinero: “Los centennials ya no se mueven por promesas de dinero ni de estabilidad”.
Él mismo cambió sus hábitos con la escritura. No ve televisión, lee constantemente —ahora filosofía, un terreno que le costó trabajo— y hace resúmenes de los libros que lee. Dice que eso lo volvió menos reactivo: donde antes respondía un correo agresivo con copia a media compañía, hoy lo releo, espera y, muchas veces, levanta el teléfono. “La mayoría de las veces no hay un problema. Es un simple malentendido de expectativas”.