James Rodríguez anunció su despedida de la Selección Colombia, donde dejó 131 partidos, 31 goles y el Balón de Oro del Mundial de Brasil 2014. El anuncio lo hizo como capitán y a los 35 años, cerrando el ciclo más recordado del fútbol colombiano de las últimas décadas.
Su historia arrancó lejos de los reflectores. Nacido en Cúcuta, quedó sin padre biológico a los tres años y creció entre su madre, Pilar, y el padrastro que sí se quedó. El fútbol le abrió el camino: el Pony Fútbol, Envigado y el salto a Argentina siendo casi un adolescente.
De allí en adelante, la zurda del 10 se convirtió en referencia para un país entero. Que un niño de la frontera pudiera llegar a los escenarios más grandes del mundo fue, para toda una generación, la prueba de que el barrio no es una sentencia.
El propio James resumió su paso por la Selección con una idea sencilla: lo dio absolutamente todo. Seguirá vinculado al Atlético Nacional, donde continuará su carrera lejos de la camiseta amarilla, a un paso de la gente que lo vio crecer.
Su adiós no cierra solo una etapa deportiva. La despedida del 10 deja una pregunta que va más allá de las cifras: si el país está preparando a los próximos talentos no solo en lo futbolístico, sino también en lo humano, con el acompañamiento que un adolescente necesita cuando la fama llega antes que la madurez.