Correr maratones de 42 kilómetros y ultramaratones puede mejorar la resistencia física y la salud cardiovascular, pero también implica riesgos cuando el entrenamiento supera la capacidad de recuperación del organismo. El aumento brusco de las cargas, la falta de descanso y una alimentación insuficiente pueden favorecer lesiones y complicaciones durante la preparación o la competencia.
La doctora María Cecilia Colombo, especialista en medicina y nutrición deportiva y ultramaratonista, explicó que correr no necesariamente deteriora las articulaciones. Según la especialista, el impacto repetitivo puede fortalecer huesos, músculos y tendones cuando el entrenamiento aumenta de manera progresiva.
La actividad recreativa tampoco eleva necesariamente el riesgo de artrosis y, de acuerdo con las investigaciones citadas por Colombo, incluso podría tener un efecto protector sobre las articulaciones. El problema aparece cuando se incrementan demasiado rápido los kilómetros, se utiliza una técnica inadecuada o se entrena sin suficiente recuperación.
Lesiones y adaptaciones del corazón
Entre las lesiones más frecuentes están las del tendón de Aquiles, el dolor de rodilla, el síndrome de la banda iliotibial, las fracturas por estrés y las molestias musculares en las pantorrillas.
El entrenamiento de resistencia produce adaptaciones cardiovasculares. Una de ellas es el llamado corazón de atleta, que permite bombear más sangre con cada latido y mejora la capacidad aeróbica. También puede aumentar la eficiencia respiratoria y la capacidad para utilizar oxígeno durante esfuerzos prolongados.
Sin embargo, algunos estudios sugieren que mantener volúmenes extremos de entrenamiento durante años podría relacionarse, en determinados casos, con un mayor riesgo de arritmias, especialmente fibrilación auricular.
Deshidratación, baja energía y esfuerzo extremo
Colombo también advirtió sobre el síndrome de baja disponibilidad energética, que ocurre cuando la alimentación no cubre las exigencias del entrenamiento y las funciones del organismo. En competencias prolongadas pueden presentarse náuseas, vómitos, diarrea y dolor abdominal por los cambios en la circulación, la hidratación y la alimentación.
Otros riesgos son la deshidratación, los golpes de calor y la hiponatremia, una alteración de los niveles de sodio que puede producirse al consumir demasiados líquidos sin reponer adecuadamente ese mineral.
La rabdomiólisis es otra complicación asociada con esfuerzos extremos. Consiste en la destrucción del tejido muscular y puede afectar los riñones. El riesgo puede aumentar con temperaturas elevadas, deshidratación y consumo de antiinflamatorios.
Entre las señales de alerta están el dolor muscular intenso, la debilidad marcada, la orina oscura y una disminución considerable de la cantidad de orina.
Las claves para recuperarse
La especialista resumió la recuperación en cuatro componentes: descanso, reparación muscular mediante una alimentación con proteínas, reposición de carbohidratos y rehidratación con agua y electrolitos.
También recomendó evitar aumentos bruscos en la intensidad, incorporar ejercicios de fuerza y atender las señales de fatiga. La preparación debe ajustarse a la edad, la experiencia deportiva, los antecedentes de lesiones y las condiciones particulares de cada corredor.
El acompañamiento de entrenadores, médicos y nutricionistas puede ayudar a ajustar las cargas físicas y las necesidades alimentarias. La actividad regular mantiene beneficios frente a enfermedades cardiovasculares y metabólicas, pero algunas ventajas pueden estabilizarse o disminuir ligeramente cuando el volumen de ejercicio alcanza niveles extremos.