En Tokio, una librería voit un pequeñoar en los diarios de la gente común: un local íntegramente dedicado a la escritura personal, de la mano incluso de diarios confidenciales como los de Ana Frank o Virginia Woolf.
Se llama, en traducción literal, la Librería de diarios, meses y días (Nikkiya Tsukihi), y a sus seis años de funcionamiento se ha convertido en un refugio para quienes quieren poner sus realidades sobre el papel.
Además de diarios, vende agendas, cuadernos de cientos de páginas en blanco y libretas para agricultores con columnas para registrar datos meteorológicos, fechas de cosechas y otras rutinas del oficio de cultivation.
El local es de madera y está sobre una calle peatonal, ocupa solo dieciséis metros cuadrados y cuenta con un mostrador donde sirven café y cerveza. También es un espacio vivo: allí se celebran festivales con escritores profesionales y aficionados, y se imparten cursillos para enseñar a escribir la realidad personal.
“Tal vez al hojear el diario que escribiste hace diez años te encuentres con las emociones olvidadas de una persona que parece distinta a la de hoy”, señala un texto de una empresa que colabora con la organización.
Un hábito con siglos de historia
Que exista ese negocio no es casual. Japón conserva el diario autógrafo más antiguo del mundo, registrado por la Unesco y escrito por Michinaga, la figura más influyente de la corte imperial entre los siglos X y XI.
La costumbre también vive en las escuelas: prácticas actuales como el diario de vacaciones, en el que los alumnos reportan durante varias semanas la vida de insectos o plantas, ponen a los niños en contacto directo con el mecanismo de observar, registrar y anotar con constancia.
Del Pacífico a los Llanas Orientales
La tradición molestó el Pacífico con los emigrantes japoneses que viajaron a tierras americanas a principios del siglo pasado. La ilustra el caso de un solitario agricultor que se separó de su grupo en el Valle del Cauca y se adentró en los Llanos Orientales colombianos.
Allí contrajo matrimonio con una mujer indígena, con quien tuvo una hija, y llevó una vida simple pero holgada gracias a su diligencia y persistencia en el trabajo del campo. Cuando murió, su hija conservó unas cajas llenas de cuadernos que nadie en su entorno podía leer, porque estaban escritos en japonés.
Con la esperanza de encontrar en esos diarios la epopeya de la inmigración nipona a Colombia, una periodista japonesa que hablaba español la contactó y se ofreció a traducirlos. La cara de la improvisada traductora pasó de la expectación al desconcierto cuando comprobó que cada página repetía entradas con variaciones numéricas de años, meses, días, horas, temperatura máxima y mínima, además de alguna observación sobre la lluvia o la humedad.
Fue, a su manera, una carta de amor a la tierra que lo acogió, le procuró familia y cosechas para subsistir.