Después de un sismo, el miedo puede continuar incluso cuando la emergencia ya terminó. Algunas personas permanecen atentas a cualquier ruido, vibración o movimiento, tienen dificultades para dormir o evitan volver a su casa. Estas reacciones pueden formar parte del proceso de recuperación, pero requieren atención profesional cuando persisten o empiezan a interferir con la vida cotidiana.
Gabriela García, psicóloga de Primero, explica que quienes atraviesan una tragedia pueden experimentar hipervigilancia, es decir, una alerta constante ante señales que el cerebro interpreta como posibles amenazas. “La persona permanece pendiente de cualquier señal que pueda indicar peligro: un ruido, una vibración, un movimiento, una grieta, una puerta que se mueve o incluso una sensación corporal”, señala.
Tras vivir una amenaza real, el sistema nervioso puede asociar rápidamente movimiento con peligro. Por eso, un sonido que antes pasaba inadvertido puede captar toda la atención. Según García, esto no significa que la persona esté exagerando: es una respuesta de protección que se vuelve problemática si permanece activa durante demasiado tiempo.
Cuándo el miedo deja de ser una reacción esperable
Algunas personas sienten balanceo, movimiento o inestabilidad aunque el entorno esté quieto. También pueden sobresaltarse ante ruidos parecidos a los del sismo. Durante las semanas posteriores pueden aparecer miedo, irritabilidad, imágenes intrusivas, problemas de sueño o preocupación constante por nuevos movimientos.
La señal de alerta es que la persona no recupere progresivamente su funcionamiento. No dormir durante varias noches, dejar de salir, negarse a trabajar o estudiar, o no poder volver a una vivienda que ya fue declarada segura son motivos para buscar apoyo.
Si los síntomas persisten durante más de un mes y producen un deterioro importante, debe valorarse individualmente la posibilidad de un trastorno de estrés postraumático (TEPT). La Organización Mundial de la Salud advierte que estos síntomas suelen comenzar durante el primer mes, aunque la mayoría de las personas expuestas a acontecimientos potencialmente traumáticos no desarrolla este trastorno.
Señales que requieren ayuda profesional
No es necesario esperar a que alguien esté “muy mal” para pedir ayuda. Frases como “no puedo dormir porque estoy esperando que vuelva a temblar”, “no puedo dejar que mis hijos salgan” o “cada ruido me hace sentir que voy a morir” muestran que el miedo puede estar controlando la vida diaria.
También requieren atención la desesperanza intensa, el aislamiento, el consumo problemático de alcohol u otras sustancias, las autolesiones y los pensamientos de muerte. Una reacción emocional después de un desastre no equivale automáticamente a un diagnóstico, pero merece valoración si aumenta, persiste o limita las actividades habituales.
En situaciones de posible riesgo suicida, se recomienda preguntar directamente si la persona ha pensado que no quiere seguir viviendo. Mientras recibe atención, no debería permanecer sola si el riesgo es alto y debe limitarse el acceso a medios potencialmente letales.
Cómo acompañar a los niños después de un terremoto
En los niños, la hipervigilancia puede expresarse mediante miedo a dormir solos, necesidad constante de estar junto a sus padres, pesadillas, irritabilidad, dolores de cabeza o estómago, bajo rendimiento escolar y temor a separarse. También pueden volver a conductas que ya habían superado, como mojar la cama, o representar terremotos, muertes y rescates en sus juegos.
Los adultos deben evitar mentirles con frases como “nunca más va a temblar”, minimizar lo ocurrido o transmitirles permanentemente su propio miedo. Una respuesta más adecuada sería: “Sí, fue algo que nos asustó. Los adultos estamos aquí para cuidarte. La casa y el colegio ya fueron revisados y estamos tomando las medidas necesarias. Si vuelve a ocurrir algo, sabemos qué hacer”.
Retomar las rutinas de forma gradual
Si una autoridad competente verificó que la vivienda es segura, el regreso puede hacerse poco a poco: entrar acompañado, permanecer inicialmente durante periodos cortos y aumentar el tiempo de manera progresiva. La seguridad física debe estar garantizada antes de iniciar la recuperación psicológica.
También ayuda mantener horarios relativamente estables para levantarse, comer, trabajar, estudiar y dormir; reducir la exposición constante a noticias; evitar el alcohol y otras sustancias; hablar con personas de confianza y tomar decisiones pequeñas sobre las necesidades más inmediatas.
García propone ejercicios sencillos de orientación al presente, como identificar cinco cosas que se ven, cuatro que se pueden tocar, tres que se escuchan, dos que se huelen y una que se saborea. También recomienda respirar suavemente, con una exhalación algo más prolongada, sin pretender eliminar el miedo de inmediato.
La información sobre la emergencia debería consultarse de manera programada en fuentes oficiales, por ejemplo una o dos veces al día durante 15 a 30 minutos, como pauta práctica. Revisar redes sociales constantemente o compartir videos, audios y mensajes no verificados puede mantener activa la percepción de amenaza.
Pérdidas, duelo y redes de apoyo
Una tragedia puede dejar pérdidas de seres queridos, vivienda, empleo, patrimonio o estabilidad. Cada una se procesa de manera distinta y no debe compararse con las pérdidas de otras personas. La recuperación comienza por garantizar seguridad, alimentación, descanso, medicamentos, comunicación y acceso a recursos.
Entre las reacciones posibles están el estrés agudo, la ansiedad, los ataques de pánico, las alteraciones del sueño, la depresión, el duelo intenso, los problemas de adaptación, el consumo problemático de sustancias y el TEPT. El riesgo puede aumentar cuando hay desplazamiento, aislamiento, dificultades económicas o falta de redes de apoyo.
En Cali, la Línea 106 ofrece orientación, apoyo psicológico, intervención en crisis y activación de rutas. La línea 123 está disponible ante un intento o riesgo de suicidio, así como frente a una emergencia médica.