Bernardo Vargas Gibsone, quien estuvo al frente de ISA durante casi siete años y se retiró después de la venta de la compañía a Ecopetrol, aseguró que esa operación politizó a una empresa que durante 50 años tuvo un gobierno corporativo que él describe como modelo, y que un inversionista privado podría manejarla con éxito.
«Yo me retiré de ISA porque no estuve de acuerdo con la compra de Ecopetrol. Sentía que eso iba a politizar a una empresa que durante 50 años había estado lejos de la política», dijo el expresidente de la compañía en una entrevista, en medio del debate sobre el papel de los activos estatales y los desafíos de Colombia para expandir su infraestructura energética.
Una venta decidida sin consultar a ISA
Según su relato, ni la administración ni la junta directiva de la compañía supieron del negocio hasta que se hizo público. «Lo anunciaron el Ministerio de Hacienda y Ecopetrol», recordó, y precisó que a nadie de la junta ni de la administración le habían preguntado la opinión ni lo habían consultado antes de la decisión.
La transacción se cerró a $25.000 por acción. Vargas Gibsone sostiene que la narrativa con la que se justificó —que ISA sería un brazo para fortalecer las energías renovables de Ecopetrol— era «una narrativa muy ajena y difícil de argumentar», porque ISA no era una empresa generadora y ya era reconocida por transportar energía verde. «Ni la acción de Ecopetrol se favoreció ni la de ISA. Al contrario, después de la venta, la acción de Ecopetrol cayó estrepitosamente», añadió.
Su salida fue inmediata después del cierre. Presentó la carta de renuncia el 27 de agosto, pero aceptó quedarse hasta completar la debida diligencia y la fijación del precio. «El día que se anunció el precio de venta y el cierre de la transacción, a los siete días me retiré de ISA porque no pensaba que eso fuera a ser un buen negocio a corto plazo», contó. Se fue a comienzos de enero de 2022, sin que aún hubiera un reemplazo.
Por qué no veía el negocio
El expresidente resume en dos las razones de su oposición. La primera, la injerencia política: los presidentes de Ecopetrol cambiaban con cada gobierno, mientras que en ISA había administraciones que duraban varias. La segunda, que Ecopetrol no aportaba nada a una ISA que «nunca necesitó capital y nunca se sobreendeudó», con calificaciones de primera ante la banca internacional y el primer bono internacional triple A de su historia.
Aun así, reconoce que los resultados financieros recientes caminan bien: crecimiento del negocio de transmisión de energía en Brasil, con varias convocatorias ganadas, y la compra de una autopista en Panamá. «Veo con mucha satisfacción que la acción, después de muchos años de estar quieta, ha rebotado con todo el mercado», dijo. «Cuando a ISA le va bien, a mí me da mucha satisfacción».
¿Qué espera de la compañía?
Sobre el futuro, pide que ISA retorne a un gobierno corporativo fuerte, con una junta directiva independiente capaz de contratar al mejor equipo administrativo «no en beneficio de ningún movimiento político, sino en beneficio de la empresa y del país». Dice conocer a dos o tres miembros de la actual junta, a quienes describe como probos y serios, y espera que obren por encima de consideraciones políticas.
Elogia además a la ministra de Minas y Energía, María Nohemí Arboleda, «profunda conocedora del sector», a quien él mismo nombró en XM cuando era presidente de ISA. Del gobierno de Petro, en cambio, tiene una lectura crítica según la cual hubo «muy poca inversión» y ministros de Minas «muy cuestionables desde el punto de vista técnico», decisiones cuyos resultados, en su opinión, hoy se ven en todo el sector.
Interrogado sobre una eventual privatización total, respondió: «Me da mucha tristeza que un activo tan importante para el país vaya completamente a manos privadas, pero estoy seguro de que un jugador privado, como el que compró Isagén, lo haría muy bien en ISA también». Y reveló que cuando él estaba en la compañía existió una propuesta interesante de venderla que el Gobierno de la época rechazó: «Yo creo que se equivocó».
Preguntado si le gustaría regresar a la empresa que dirigió, se limitó a evocar la respuesta de un político: «Me suena, me suena».
Vargas Gibsone también defendió el negocio de concesiones viales, que algunos cuestionan por no ser energético: a su juicio, diversifica los flujos de caja y estabiliza la compañía en momentos difíciles, razón por la cual nunca consideró buena idea vender ese portafolio, aunque entiende que la discusión puede llegar a la mesa.
El legado que más destaca es el talento humano. Recuerda que cuando asumió la presidencia la acción estaba un poco por debajo de $6.000 y llegó a $30.000, incluso en los momentos más críticos del fenómeno de El Niño. «ISA lo que decía lo cumplía», resume.
Su diagnóstico final es optimista: en un mundo donde la energía crece por la demanda de consumo y por centros de datos que requieren cada vez más potencia, las compañías de transmisión se vuelven fundamentales. ISA, con un capital humano y técnico que a su juicio «no se ha podido destruir», tiene, según él, «un porvenir muy positivo».