Jonathan, una tortuga gigante de Aldabra que tiene 194 años, se convirtió en objeto de una investigación genética para entender cómo ha logrado vivir durante casi dos siglos. El animal llegó a la isla de Santa Elena en 1882, cuando tenía aproximadamente 30 años, y es considerado el animal terrestre más viejo del mundo.
El equipo obtuvo una pequeña muestra de tejido al raspar el interior de su mejilla. La extracción de sangre había sido descartada por motivos relacionados con la salud de la tortuga, que padece cataratas, aunque conserva el oído.
Un patrón relacionado con la energía celular
Tras reconstruir su genoma, investigadores de varias instituciones encontraron que los promotores de genes vinculados con la producción de energía mitocondrial conservaban un orden descrito como “sorprendentemente juvenil”. Los promotores funcionan como interruptores que regulan la activación de determinados genes.
El hallazgo se relaciona con la entropía biológica, entendida como el desorden que aumenta en los sistemas vivos con el paso del tiempo. Una de las características del envejecimiento es la disfunción mitocondrial, pero el ADN de Jonathan mostró señales de que ese deterioro podría haberse producido de manera más lenta.
Los resultados fueron publicados en la revista científica Science Advances. Sus autores plantearon que proteger las mitocondrias frente a los cambios asociados con el envejecimiento podría convertirse en una línea de investigación para prolongar la vida saludable.
Los investigadores aclararon que todavía se necesitan muestras de sangre, que permitirían obtener una secuencia de ADN más completa, y estudios adicionales para validar las conclusiones. También planean comparar el caso de Jonathan con el de otras especies longevas y analizar nuevas vías biológicas relacionadas con el envejecimiento.