Hoy parece evidente que el arte y la ciencia son actividades distintas, incluso antagónicas. La ciencia se asocia con una realidad objetiva y universal; el arte, con creaciones únicas donde suelen entremezclarse razón y sentimiento. No siempre fue así, y Leonardo da Vinci es el ejemplo más claro: pintor, escultor, arquitecto, ingeniero, músico, filósofo e inventor, fue al mismo tiempo un estudiante obstinado de los secretos de la naturaleza.
Giorgio Vasari, en su célebre obra sobre los arquitectos, pintores y escultores italianos, reconoció en Leonardo dones artísticos extraordinarios ligados al realismo de sus obras. Del maestro surelo contó que era capaz de dibujar "gotas de agua sobre el cristal más reales que la propia realidad", y de La Gioconda destacó la calidad de sus detalles: "la boca… no parecía color, sino carne real", escribió.
Un taller de curiosidades y animales muertos
Vasari también lo describió como voluble: se ponía a estudiar muchas cosas y las abandonaba a mitad de camino. Su curiosidad era insaciable; se contaba que compraba pájaros enjaulados solo para liberarlos, y en su estudio —al que solo él entraba— convivían lagartijas, grillos, serpientes, mariposas, aves y lechuzas, un lugar apestoso por los animales muertos donde solo podía entrar alguien con un terco amor por el conocimiento.
El cuerpo humano, la gran obsesión
La pintura renacentista buscaba realismo a través de la anatomía, pero en el caso de Leonardo su fascinación por el interior del cuerpo fue mucho más allá de la estética. En el castillo de Windsor (Inglaterra) se conserva una colección de más de 600 piezas —manuscritos y dibujos en formatos diversos—, de las cuales 153 son dibujos anatómicos.
Esos dibujos acompañan las disecciones de cadáveres que el maestro realizó con meticulosidad. La anatomía y la medicina fueron, en su caso, intereses en sí mismos: la pintura, más que un fin, fue un medio para comprender la naturaleza. Poco después, el uso del dibujo para enseñar anatomía se volvió esencial en la medicina moderna, como demuestra el gran tratado de Andrés Vesalio, "De humani corporis fabrica", publicado en 1543.
Leonardo fue enfático sobre el valor de la imagen como conocimiento. "Quienes creen que es mejor observar de forma directa un cuerpo que observar dibujos tendrían razón", escribió, "si fuera posible observar todas las cosas que se muestran en los dibujos en un solo cuerpo". El dibujo era necesario, explicaba, "para obtener un conocimiento verdadero y perfecto de los más de 10 cuerpos que he disecado".
El propio Leonardo sabía lo arduo de ese trabajo y lo describía sin adornos: el asco y el miedo de pasar noches entre cuerpos descuartizados podían frenar a cualquiera, y aun con valor, la habilidad como dibujante era otro filtro. "El ojo, que se dice ventana del alma", sostuvo, es la vía principal para admirar las obras de la naturaleza: "quien desprecia la pintura, no ama la filosofía ni la naturaleza".
Ciencia antes de Galileo
En los textos que se compilan como su ""Tratado de pintura"", Leonardo escribió algo que anticipa lo que después se reconoce como los pilares de la ciencia moderna: "Las ciencias verdaderas son aquellas que… han penetrado a través de los sentidos… y no se fundamentan en sueños, sino que proceden de verdades primarias hacia las conclusiones. Esto se puede apreciar en las matemáticas… Aquí nadie adivina o improvisa".
Más de cien años antes de Galileo —quien en 1638 publicó los "Discursos y demostraciones matemáticas en torno a dos nuevas ciencias", texto que unificó la experimentación empírica con el lenguaje matemático—, Leonardo ya defendía esa manera de conocer. De ahí que filósofos como Richard Rorty hayan advertido que "somos los herederos de 300 años de retórica sobre la importancia de una tajante diferencia entre ciencia y religión, ciencia y arte, ciencia y política".
En el Renacimiento italiano, justo cuando suele celebrarse el nacimiento de la ciencia moderna, esa separación carecía de sentido. Para Leonardo da Vinci, Alberto Durero, Andrea Vesalio, Copérnico, Kepler o Galileo, las grandes preguntas de las ciencias naturales, la astronomía, las matemáticas y los problemas estéticos eran sencillamente inseparables. El reencuentro entre estética y ciencias, incluso hoy, es posible y deseable.