La industria tecnológica mantiene al público en una permanente expectativa con anuncios sobre inteligencia artificial, computación cuántica, videos hiperrealistas y sistemas capaces de anticipar comportamientos. Cada lanzamiento se presenta como una prueba de que el futuro ya llegó.
El despegue de Starship y el regreso controlado del propulsor Super Heavy, atrapado por brazos mecánicos, son ejemplos de esa puesta en escena. Algo similar ocurrió con el Cybercab de Tesla, un vehículo autónomo sin volante ni pedales presentado como una posible transformación del transporte urbano.
Pero detrás de ese espectáculo también existe una disputa menos visible: la recolección masiva de datos personales. Las empresas ya no se concentran únicamente en información básica como el nombre, la identificación o las contraseñas, sino en las actitudes, aptitudes, temores, patrones de empatía y reacciones más íntimas de los usuarios.
El valor de la información personal
Cada interacción puede convertirse en materia prima para algoritmos que calculan probabilidades y buscan anticipar la conducta humana. Con esos datos, las compañías pueden construir perfiles cada vez más precisos sobre lo que las personas piensan, sienten, consumen o podrían decidir.
La preocupación no se limita a la pérdida de privacidad. La reflexión también advierte sobre la posibilidad de que un grupo reducido de corporaciones utilice esa información para influir en decisiones, orientar consumos y moldear conversaciones democráticas.
La fascinación por cada nuevo lanzamiento puede impedir que el público examine el costo de la tecnología. El reto, plantea el análisis, es dejar de observar únicamente el espectáculo y preguntarse qué información se entrega a cambio de productos y servicios aparentemente gratuitos.